Porque la asaltaba un miedo atroz. El miedo a la muerte. Un miedo que aguardaba fuera, ante las ventanas, ante los cristales. En cuanto la oscuridad se tragaba su casa igual que la serpiente al ratón, presionaba contra los cristales su rostro. Cada noche hacía encender más luces, más velas… y a pesar de todo el miedo que le acometía… haciéndola flaquear y caer de rodillas –le temblaban demasiado- y vislumbraba su futuro: su carne se marchitaba en los huesos, los gusanos lo devoraban y la Muerte se lo llevaba a rastras.
Se tapó la boca con sus manos para que su hermano situado delante de la puerta no escuchara sus sollozos. Miedo, miedo al fin de los días, miedo a la nada, miedo, miedo, miedo. Miedo a que la muerte ya estuviera en su cuerpo, invisible, que creciera en algún sitio y creciera hasta devorarla. El único enemigo al que no podía matar, quemar, apuñalar, ahorcar, el único del que no podía librarse.