martes, 20 de diciembre de 2011

82

No se puede entender nada de la vida hasta que uno no entiende la muerte.

81

Durante años he huido sin saber de qué. Creí que, si corría más que el horizonte, las sombras del pasado se apartarían de mi camino. Creí que, si ponía suficiente distancia las voces de mi mente se acallarían para siempre.

80

Estaba tranquilo, con esa calma que deja la enfermedad cuando, a su paso, borra las emociones de quien la padece.

79

    - Fuiste el primero, Astinus -declaró el ente de las tinieblas-, y te corresponde también ser el último. Cuando hayas relatado mi victoria incontestable, el epílogo, quedará clausurada tu minuciosa recapitulación y gobernaré a mi antojo.
    - Cierto, a tu antojo -repuso el escriba-, pero ejercerás tu poder sobre un mundo muerto, arrasado por la misma magia que te otorgara la supremacía. Reinarás solo y solo estarás en un vacío eterno.
    - ¡Eso es mentira, viejo amigo! Crearé, concebiré nuevas existencias que me pertenecerán. Inventaré pueblos enteros, razas ahora ignotas que me venerarán como su hacedor.
    - El Mal no puede crear -persistió el cronista-, únicamente destruir. Se vuelve contra sí mismo y se despedaza. En este instante, mientras hablamos, eres consciente de su mordedura y del efecto que produce en tu alma. Estudia la faz de Paladin, Raistlin, examínala a fondo como hicisteis una vez en las llanuras de Dergoth, después de que te hiriese mortalmente la daga del enano y Crysania posara en ti su mano curativa. Entonces supiste interpretar el infinito abatimiento de la divinidad, parangonable con el que hoy trasluce. Supiste, y sigues sabiéndolo aunque te niegues a admitirlo, que la consternación de Paladine no es por él mismo, sino por ti. Para nosotros será fácil acogernos a un letargo sin sueños. Tú, en cambio, no dormirás. Vivirás en un interminable duermevela, aguzarás sin descanso tu oído en busca de sonidos que nunca han de vibrar, te asomarás a un vacío infinito que no contiene luz ni penumbra y proferirás órdenes, quejas, que nadie recibirá, tejiendo planes que no darán fruto mientras, como un carrusel, giras en un círculo del que no has de salir. Al fin, enloquecido, asirás la cola de tu propia entidad y, como una serpiente hambrienta, te devorarás en un esfuerzo por hallar alimento espiritual. Será vano tu empeño, te toparás con la nada absoluta. Continuarás para toda la eternidad suspendido de esos hilos intangibles y te consumirás sin perecer, como un punto ingrávido que, al succionar su entorno, jamás logrará saciar su apetito.

78

    - Volvemos a encontrarnos, Raistlin.
    - Así es, mi Reina.
    - ¿Te inclinas ante mí, mago?
    - Te rindo un último homenaje.
    - También yo te saludo con respeto.
    - Es un honor excesivo el que me concedes, Majestad.
    - Al contrario. He observado tu juego con el más vivo placer y he constatado que respondías a cada uno de mis movimientos mediante otro igualmente certero. En más de una ocasión, has arriesgado todo cuanto poseías a cambio de cobrar una sola pieza. Has demostrado ser un contrincante habilidoso, y la partida me ha me ha aportado un inesperado entretenimiento. Pero ahora, digno rival, ha llegado la hora del jaque. Te queda en el tablero el rey, remedo en tu persona, y en el lado opuesto se alinean mis peones, mis tropas, investidas de su máximo poder. Aunque mis legiones te superan, me satisface tu actuación y he resuelto concederte una gracia. Regresa junto a la sacerdotisa. Yace moribunda, sola, azotados su mente y su cuerpo por una tortura como las que nadie, sino yo, puede infligir. Vuelve a su lado, arrodíllate, tómala en tus brazos y estréchala entre ellos. El manto del olvido se desplegará sobre ambos, os cubrirá con tanta dulzura que, arropado en él, te abandonarás al vacío y hallarás descanso eterno.
    - Mi señora...
    - Niegas con la cabeza. ¿Rehusas acaso?
    - Takhisis, Gran Soberana, agradezco tan generoso ofrecimiento. Pero participo en este juego, como tú lo llamas, para ganar. Llegaré hasta el final, sea cual fuere.
    - ¡Uno muy cruel para ti, no lo dudes! Te he dado la oportunidad a la que te hacían acreedor tu sapiencia y tu osadía. ¿Te obstinas en despreciarla?
    - Su Majestad es demasiado desprendida. No merezco tan delicada atención.
    - ¿Te burlas de mí, insensato? Adopta esa mueca. Grotesca réplica de una sonrisa, mientras puedas, porque cuando cometas un desliz o incurras en un fallo, por leve que éste sea, me abalanzaré sobre ti. Hincaré las uñas en tu carne y, al sentir su contacto, mendigarás el alivio de la muerte. No la obtendrás. Los días duran eones en mis dominios, Raistlin Majere, y no pasará una solo en el que no venga a visitarte en tu mazmorra, la de tu propio pensamiento, para que sigues divirtiéndome como has echo hasta ahora. Te atormentaré en materia y en espíritu. Y seré tan despiadada, que al concluir cada sesión cada sesión perecerás a causa de los insoportables dolores; sin embargo, no llegará a la noche infinita, porque te devolveré a la vida en el instante del tránsito. No conciliarás el sueño, guardarás vela en escalofriante anticipación de la próxima jornada. En cuando claree, tras el intervalo de la oscuridad que en nada ha de beneficiarte, será mi rostro lo primero que veas. Advierto que palideces, mago. Tu frágil cuerpo se estremece, tus manos tiemblan y tus ojos se dilatan de miedo. ¡Póstrate ante mí y suplica perdón!
    - Mi Reina...
    - ¿Cómo? ¿Aún no te has arrodillado?
    - Mi Reina... te toca a ti jugar.

77

Aparta la luz sepultada
del candil, la antorcha sin raigambre,
y escucha del echo de la noche enlutada
capturado en tu inflamada sangre.

Cuan serena es la medianoche, amor,
cuan tibios los vientos donde el cuervo vuela,
donde el cambiante claro de luna, amor,
palidece en tu caída retina, se congela.

Tu corazón a gritos me llama, amor,
lo oscuridad en tu seno ha abierto una brecha,
por la que corren los ríos de la sangre, amor,
en la que, sugerente, penetra esta endecha.

Amor, el calor que encierra tu piel en agonía,
puro como la sal, como la muerte devastador,
cabalga a lomos de la luna roja, en la lejanía,
desde la fosforescencia de tu aliento, tu estertor.

- "Dragonlance".

sábado, 17 de diciembre de 2011

76

El lobo no duerme esta noche,
siente la rabia
azotando su sien.

El lobo acecha el horizonte,
sabe que hoy
no estará solo.

El lobo inquieto
camina despacio,
siente los nervios,
se mantiene sereno.

Está cansado y triste,
pero sus fuerzas
no han cedido.

Silencio.

Se escucha un perro ladrar,
otro a lo lejos aullar.

Los muy miserables
intentan imitarle,
pues también saben llorar a la luna.

El lobo siente que la furia
eriza su pelaje,
los ojos se inyectan en sangre
y un gruñido rasga su garganta.

Los perros aullan con mas fuerza,
pidiendo prestada un poco de atención.

El lobo contempla la escena,
una de las más patéticas de su vida.

Los perros se sienten orgullosos,
piensan que están haciendo una buena tarea.

El lobo continua gruñendo,
rasgándose la garganta,
dando vueltas a su alrededor.

La luna se mantiene callada,
majestuosa desde lo mas alto,
contemplando la escena
entre nubes y estrellas.

El atronador aullido del lobo
golpea en la mente
de todo ser viviente
causando un incómodo silencio
y una situación inquietante.

Se despierta la rabia
y reacciona ferozmente
desgarrando trozos de carne
con sucias garras,
mordiendo cuellos,
rompiendo yugulares
para terminar con los aullidos
de los apestosos perros
y recrearse mas tarde
con sus cadáveres
desgarrándoles el pelaje
dejando la carne abierta
para que los buitres a la mañana
tuvieran con que alimentarse
y continuar así
con su mísera vida.

Abriéndose paso
por un río de sangre,
para llegar a la luna
y así hacerle el amor
el resto de la noche
y que los miserables perros
que queden agonizantes
contemplasen la escena
sin poder hacer nada...

Porque la luna
tenía un dueño,
el único animal
entre todos los hombres
capaz de reventar tímpanos
con ladridos
y hacerlos sangrar
con un atronador gruñido.

El lobo
es el único,
que sabe aullar a la luna.

El lobo,
marca su territorio
a mordiscos y zarpazos.

El lobo,
defiende lo que ama.

Por encima de todo.