domingo, 13 de noviembre de 2011

72

No hay otra cosa que matar en esta vida que el enemigo interior, el doble en el núcleo duro.
Dominarlo es un arte.
¿Hasta qué punto somos artistas?

martes, 8 de noviembre de 2011

71

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

70

Todo en ti fue naufragio.

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.

Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio.

Hice retroceder la muralla de sombra.

Anduve más allá del deseo y del acto.

Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.

Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.


- Canción desesperada.

69

Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye

como tú lo desees y hacia donde tú quieras.

Tu silencio acosa mis horas perseguidas,

y eres tú con tus brazos de piedra transparente
donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.

Y las miro lejanas mis palabras.

Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Todo lo llenas tú, todo lo llenas.


Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,

y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte

para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.

Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos.


Soy el desesperado, la palabra sin ecos,

el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo.
En mi tierra desierta eres tú la última rosa.
He aquí la soledad de donde estás ausente.

Yo te recordaba con el alma apretada

de esa tristeza que tú me conoces.
¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste y te siento tan lejana?

Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos,

es hora de seguir otro camino, donde ella no sonría.
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.
Es en ti la ilusión de cada día.

Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.

La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.
Entre los labios y la voz, algo se va muriendo,
algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
mi corazón se cierra como una flor nocturna.

Déjame recordarte como eras entonces cuando aún no existías.
Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.

[...] Nada hacia ti me acerca.
Todo de ti me aleja.


- Pablo Neruda.


lunes, 17 de octubre de 2011

68

- ¿A dónde habéis cabalgado, mi buen señor? ¿Adonde habéis cabalgado esta noche?
- He estado de caza, hermosa muchacha, pues los perros cazan mejor bajo la luna. Sí, los perros cazan mejor bajo la luna.
- ¿Y dónde habéis cazado, mi buen señor? ¿Dónde habéis cazado esta noche?
- Fui a las ruinas, hermosa muchacha, pues los lobos se ocultan de la luna en ellas. , los lobos se ocultan de la luna en ellas.
- ¿Y con quién habéis cazado, mi buen señor? ¿Con quién habéis cazado esta noche?
- Cabalgué con un extraño, hermosa muchacha, cuyos ojos brillaban rojos bajo la luna. Sí, sus ojos brillaban rojos bajo la luna.
- ¿Y qué habéis cazado, mi buen señor? ¿Qué habéis cazado esta noche?
- Era mi sangre lo que buscaba, hermosa muchacha, pues yo era su presa bajo la luna. Sí, un buen bocado bajo la luna.
- ¿Y porqué habéis venido aquí, mi buen señor? ¿Porqué habéis venido aquí esta noche?
- He venido para un festín, hermosa muchacha, pues estáis muy hermosa bajo la luna, y beberé vuestra sangre bajo la luna.

Y su vida se escurrió bajo la luna, tumbada sobre el bastión del Dragón Negro.

67

"Imaginad que estáis en una habitación cerrada, totalmente a oscuras, sin absolutamente nada de luz, y que no podéis hablar ni moveos, y ni podéis, ni necesitáis, respirar. Sólo podéis pensar, y sólo pensáis en lo solos que os sentís. Pasan minutos, o quizás días enteros, y todo sigue igual. Algún tiempo después no tenéis ni idea de cuánto lleváis en éste estado. No existe nada, excepto vuestra propia mente. Sabéis que estáis muertos.
Pero de pronto oís un rugido y sentís un poder como el de cien bombas atómica explotando a la vez, que os arrastran sin remedio durante un momento que parece interminable. Entonces, la luz de mil soles os ciega a través de los párpados cerrados. Podéis sentir vuestro cuerpo, aunque de forma extraña. Intentáis abrir los ardientes ojos y poco a poco todo se va aclarando… las imágenes van tomando forma… ¿estáis vivos? Parece que sí… aunque parece que continuáis sin necesitar respirar. ¿Un poco extraño, no?"

domingo, 18 de septiembre de 2011

66

Quizá la mayor facultad que tiene nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades.
La primera puerta es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han echo daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.
La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que "el tiempo todo lo cura" es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.
La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.
La última puerta es de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.
Después de que me abandonaran, me adentré en mi habitación y dormí. El cuerpo me lo exigía, y mi mente utilizó la primera puerta para aliviar el dolor que me abrazaba. La herida quedó cubierta hasta que llegara el momento de la curación. Era un mecanismo de defensa: una buena parte de mi mente dejó de funcionar. Se apagó, por así decirlo.
Mientras mi mente dormía, gran parte de los detalles dolorosos del día anterior se escondieron detrás de la segunda puerta. Pero no del todo. No olvidé lo que había pasado, sin embargo el recuerdo quedó amortiguado, como si lo viera a través de una tupida gasa. Si hubiera querido, habría podido recordar su cara, la cara con ojos grises. Pero no quería recordar. Empujé esos pensamientos y dejé que acumularan polvo en un rincón de mi mente que utilizaba poco.
Soñé. No con sangre, ojos vidriosos y su olor, sino con cosas más agradables. Y poco a poco, la herida dejó de dolerme...